viernes, enero 27, 2012

Lokatis blue

Hay palabras que entrañan una dificultad añadida entre las juntas de sus grupos vocálicos, más allá del esfuerzo de hacer vibrar las cuerdas vocales y mover la lengua y los dientes para hacerle sitio a los sonidos. Palabras con finales sibilantes susceptibles de no ser pronunciados que se atragantan en el cielo de la boca hechas una amalgama con sus propios ecos. Palabras que al ser pronunciadas, como si de magia se tratase, se desnudan de sus sentido por más que intentes vestirlas con la entonación o con un brillo en los ojos. Porque hay palabras que no valen con ser dichas, que necesitarían banda sonora, fuegos artificiales o un atrezzo a la altura de las circunstancias. Lo que ocurre con estas palabras es que en ciertos días intensos se te regeneran continuamente en el estómago; en esos días, sin saber por qué, adquieren un asombroso poder de reproducción por esporas en el esófago. Pero eso no basta para transmitir todo lo que llevan guardado a presión en el hueco de sus vocales abiertas. Estas palabras, esta palabra, se me ha levantado hoy enredada en los cabellos, pujando por desbordar la línea de las pestañas; al incorporarme, me ha escalado las vértebras una por una, se ha encaramado en mis hombros para deslizarse después por mis brazos y por fin agolparse en mis dedos que no han podido más que desgranarla, graduarla, gritarla, grande, grácil y grávida: Sentir